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Esta iglesia románica, interrumpida e inacabada, se proyectó y comenzó a construir en los primeros años del siglo XII como una gran iglesia de tres ábsides y tres naves cubiertas con bóvedas de medio cañón. Pero las obras se detuvieron y no se retomaron hasta fines del siglo XII. Las naves se terminaron entonces apresuradamente con un solo tramo más, que se cubriría ya con bóveda de cañón apuntado. Al abandonarse el proyecto original, el cuerpo del templo quedó desproporcionado respecto del módulo del ábside central, de 5´50 m de diámetro. Varias ventanas dan luz al ábside central. Simbolizan la trinidad: tres ventanas por donde entra una única luz; tres personas que son un solo Dios.

En el templo románico, la puerta simboliza la frontera entre la tierra y el cielo. Yo soy la puerta. El que entra por mí será salvo. Juan X, 7-8. Su simbolismo es tan importante en el templo románico que es el elemento más destacado del exterior.    Seis arcos abocinados (arquivoltas) descansan sobre pilares y columnas alternativamente.

El tímpano y el dintel que lo decoraron están empotrados sobre otra puerta, hoy cegada: 

Cristo Pantocrator, es el que viene en la gloria de su divinidad, al final de los tiempos. En la mano izquierda lleva el libro de la vida; con la derecha bendice.

En los cuatro ángulos están los símbolos de los Evangelistas que anuncian la venida de Cristo al mundo: San Juan está representado por un águila; San Marcos, por un león; San Mateo, por un ángel y San Lucas, por un toro.

El crismón trinitario es uno de los elementos más característicos de la escultura románica aragonesa. X (ji) y P (rho) son letras que forman la abreviatura de Cristo en griego. La S latina alude al Espíritu Santo; la P, al Padre. Padre, Hijo y Espíritu Santo son tres personas que forman un único y mismo dios. A (alfa) y W (omega) son la primera y última letras del alfabeto griego; significan la eternidad de Dios, principio y fin de todas las cosas. El crismón es como una rueda: sus tres partes (centro, círculo exterior y radios) son diferentes, pero forman una misma rueda, como las personas de la Trinidad son distintas pero un solo dios. Ésta fue una metáfora muy habitual en el sermonario románico.

En las primeras décadas del siglo XIII al arciprestazgo de Santa María de Berbegal se adscribían 19 parroquias. Se quiso entonces enriquecer el templo, a tono con su nuevo rango, con una gran torre-porche. Al abrirse en tres de sus caras con amplios arcos apuntados, se aleja de los macizos modelos románicos; al decorarse con finas molduras, rompe la uniformidad del muro que adquiere casi carácter escultórico. Los capiteles se decoraron con animales fantásticos y dragones. Grabadas en la piedra se pueden ver las marcas de los canteros que trabajaron aquí.

Por los mismos años que se construía la torre, se adquirió un frontal para adornar el altar mayor, centro de los principales actos litúrgicos. Era menos costoso que decorar la iglesia con pinturas murales, porque sólo implicaba el desplazamiento de la obra, y no de los artistas. Estas obras pintadas imitaban las suntuosas piezas de oro, piedras preciosas y esmaltes que poseían los principales centros religiosos del occidente románico europeo. De hecho, los frontales pintados son una excepción en el resto de Europa y en su mayoría proceden de núcleos rurales de Aragón y Cataluña, alejados de las rutas de peregrinación y comercio.

La dependencia jurídica de Berbegal del Obispado de Lérida en el momento en que algunos obispos iniciaron el Museo de esta diócesis, ha desvinculado hasta hoy esta magnífica pieza, única y excepcional de sus legítimos herederos.

 

  • Berbegal. Iglesia de Santa Maria la Blanca 2
  • Berbegal. Iglesia de Santa Maria la Blanca 3
  • Berbegal. Iglesia de Santa Maria la Blanca 4
  • Berbegal. Iglesia de Santa Maria la Blanca 5
  • Berbegal. Iglesia de Santa Maria la Blanca 6

 

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