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El solar en donde hoy se alza la Catedral, fue un lugar sagrado desde al menos el siglo X, pues aquí se encontraba la mezquita aljama. Cuando la musulmana ciudad de Barbastro, capital de la Barbitaniya, cayó en manos de un ejército cristiano a las órdenes de Pedro I de Aragón, la mezquita fue consagrada como iglesia y sede episcopal (5 de mayo de 1101).

Más tarde se construiría aquí una iglesia de nueva planta que a principios del siglo XVI, se encontraba en estado ruinoso. Aquella iglesia además, había quedado pequeña para acoger a la población en aumento, que rondaba ya los 3.000 habitantes, a quienes el edificio medieval debía parecer viejo, pequeño, lóbrego y oscuro.

Pero el motor que dio el impulso definitivo a la construcción del templo actual fue el deseo de la Ciudad de restablecer el rango de sede episcopal, que había perdido en la Edad Media, lo que incrementaría su importancia política, religiosa, cultural y económica, y poseer un recinto digno era una condición indispensable.

El ambicioso proyecto desbordó con creces la capacidad de la hacienda municipal, por lo que se hubo de recurrir a la gestión de préstamos, la obtención de bulas e indulgencias o a la recaudación de limosnas. Pese a las dificultades, el resultado fue magnífico y llenó de orgullo a los ciudadanos con cuyo esfuerzo se había levantado el templo.

La política religiosa de Felipe II favoreció las aspiraciones barbastrenses, ya que receloso del avance de protestantes desde el sur de Francia, concibió la idea de erigir dos nuevos obispados (Barbastro y Jaca) para que actuaran como barrera ideológica capaz de contener el avance de la herejía a este lado de los Pirineos. Finalmente, en 1571 Barbastro recuperaba el rango de Sede Episcopal.

El edificio, de grandes dimensiones, tiene planta de salón: las tres naves presentan la misma altura dando lugar a un espacio interior unitario y diáfano, equilibrado y a la vez majestuoso. Los nervios de las bóvedas de crucería decoradas con 485 espléndidas rosas de madera policromada y dorada que le dan la apariencia de un cielo estrellado, apean en esbeltos pilares de unos quince metros de altura. Cada una de ellas está decorada con un escudo de la Ciudad, que patrocinó la obra.

Al frente de las obras se sucedieron tres maestros. A Luis de Santa Cruz se atribuye el derribo del templo precedente, la traza del proyecto y el comienzo de las obras. Juan de Sariñena cerraría la caja del templo y elevaría los pilares hasta la altura de los capiteles. Y Juan de Segura volteó las bóvedas de crucería y se hizo cargo de la decoración interior.

Una vez acabada la obra se encargó un gran retablo, que se ejecutaría en dos etapas, con una interrupción entre ambas de casi cuarenta años. El basamento de alabastro policromado (1538 y 1560) se encargó al mejor escultor del renacimiento aragonés, Damian Forment. A su muerte, lo finalizó su discípulo, Juan de Liceire. 

Presenta una rica y abundantísima decoración “a lo romano”, en la que abundan los motivos tomados de la antigüedad clásica: luchas de centauros y lapitas, “putti” y audaces desnudos femeninos. La colocación del escudo de la Ciudad con la finalidad de ensalzar a los promotores de la obra y la elección de las figuras de Ramón y Poncio, obispos de Barbastro, redundan en la reivindicación política de la restauración de la sede episcopal, que había impulsado la construcción. En un medallón aparecen los bustos de Liceire y su esposa, con lo que se insiste en uno de los grandes temas del renacimiento: la defensa de la primacía del trabajo intelectual sobre el manual en el trabajo de los artistas.

Los cuerpos superiores fueron labrados en madera policromada en blanco charol y sobredorada (1600 y 1602) en un sobrio estilo “romanista”. La mazonería es obra de Pedro de Armendia, y de la escultura se ocuparían Pedro Martínez de Calatayud y Juan Miguel Orliens. Se ajusta a la tipología llamada “retablo expositor”, que muestra un gran óculo central en alto, para exponer la Sagrada Forma.

Nuevas capillas enriquecieron el templo a partir del siglo XVII, de entre las que destacan las de los pies, obras del barroco pleno ya del siglo XVIII. Persiguen una arte total, en el que la decoración y la escultura se funden e integran con la arquitectura.

La capilla del Santo Cristo de los Milagros (1707) con un lenguaje teatral y plenamente barroco desarrolla un interesante programa iconográfico en torno a la Pasión y muerte de Cristo.

La portada de la capilla de San Carlos Borromeo (1740) presenta formas más amables próximas al rococó. La intensa luz que penetra por la cúpula se reflejaría en los oros del magnífico retablo con el que se decoró (hoy desaparecido).

La torre se levanta exenta al norte de la cabecera, quizá porque en origen se debió reutilizar el alminar de la mezquita como campanario. A fines del siglo XIII o comienzos del XIV, ese minarete debió ser sustituido por una torre medieval (hasta la segunda moldura). En 1610 Pedro de Ruesta rehabilitó las partes más dañadas de la estructura medieval y le añadió un cuerpo más de sillería al exterior y ladrillo al interior, al modo de una torre interior. La reconstrucción del chapitel en el siglo XVIII le proporcionó su aspecto definitivo. El sonido de sus campanas ponía en marcha la vida de la ciudad y llamaba a la oración, pero además de funciones civiles y religiosas, se utilizó como atalaya y sirvió como refugio en varias ocasiones.

 

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