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El siglo XVI fue una época de expansión demográfica y económica para Aragón en general y para muchas de sus ciudades y villas. Estadilla, pese a las epidemias, al bandolerismo y las revueltas en Ribagorza, participó de esta bonanza que queda patente en la renovación del casco urbano con la construcción de edificios emblemáticos bien representativos del poder y la prosperidad de sus dueños.

Hacia 1570 se construyó el Ayuntamiento, edificio que representa la legitimidad, el poder y el orgullo del gobierno municipal por regir la vida pública ciudadana amparándose en la legalidad de los Fueros del Reino. La fábrica, además de ser sede desde la que dirigir los destinos del municipio, tenía la importantísima función de fortalecer su imagen pública ante ciudadanos y extranjeros, ante los poderes eclesiásticos y sobre todo ante los poderes nobiliarios, con los que estará en permanente conflicto.

El hecho de que el blasón que ostenta su fachada principal sea el de los Castro, pone de relieve las dificultades del emergente poder concejil para intentar equipararse con el que hasta entonces ostentó en exclusiva la nobleza.

El edificio se levantó en la nueva Plaza Mayor, creada con motivo de la ampliación urbana llevada a cabo en esta centuria, lo que denota un trascendental cambio social: los ciudadanos dejan de estar a merced de la nobleza, a la sombra de su castillo, para contar con un espacio cívico desde el que comprobar cómo se desenvuelve el gobierno ciudadano.

Pero la fábrica no se erigió en un lugar al azar, sino en la cabecera de la plaza, con la carga simbólica que conlleva al constituirse en el elemento ordenador del nuevo espacio urbano. No era necesario añadir elemento alguno para significar la importancia del poder concejil; su presencia allí era suficientemente elocuente.

Su modelo constructivo fue el del Ayuntamiento de Barbastro, erigido entre 1515 y 1518, aunque muy transformado en la actualidad.

Contaba con una lonja que habría de cubrir una doble función, asamblearia y mercantil, con salones de sesiones en la planta principal dotados de grandes ventanas desde las que las autoridades podían dirigirse a los ciudadanos, zonas de servicios, escribanías y archivos. Éstas últimas se abrían al exterior mediante ventanas sencillas, sin más ornamentaciones.

En la fachada, construida en ladrillo como era corriente en esta zona geográfica, predominan la sobriedad y la horizontalidad, y su composición es armoniosa, proporcionada, simétrica y rítmica. Deja traslucir su distribución espacial interna. Dividida en tres plantas, la primera alberga la lonja, abierta por medio de dos grandes arcos rebajados. En ella se sitúan la puerta de acceso, y una ventana protegida con por reja de hierro. Una línea de impostas la separa de la segunda planta en la que se abrían las ventanas del salón de sesiones (transformadas en balcones en el siglo XVIII.) La planta noble se separa de la tercera mediante otra imposta en la que se inscribe una sucesión ininterrumpida de arcos de medio punto de doble rosca sustentados por pilares y rematada por el alero. Esta galería tenía la función de ennoblecer y embellecer un elemento puramente estructural: la cámara aislante entre el edificio y la cubierta. Con el transcurso del siglo XVI, la galería de arcos se llegaría a convertir en una constante estilística para toda la arquitectura civil aragonesa del quinientos.

Un sencillo alero, compuesto por ménsulas soportando una madera en saledizo, cierra la fachada y la preserva de la lluvia.

Sencillez en la composición, racionalidad estructural y funcionalidad, articulación en tres cuerpos horizontales, rotundidad volumétrica, sobriedad decorativa con excepción de las piedras armeras... Todos estos elementos responden al mismo lenguaje que el resto de la arquitectura civil aragonesa del quinientos que perdurará hasta bien entrado el siglo XVIII.

En estos mismos momentos en los que se construye la casa consistorial, los ricos-hombres se afanaban por hacer ostentación de su status social a través de la construcción de magníficas casas solariegas, auténticos palacios ciudadanos que dan muestra del poder y el dinero de sus dueños, nobles y comerciantes.

Un buen ejemplo es casa Marro, cuya fachada repite el modelo de la arquitectura civil del quinientos y en la que destaca un magnífico alero de madera labrada con guirnaldas vegetales, roleos y piñas pinjantes[1], que recuerdan a las del Palacio de los Argensola en Barbastro.

 

  • Estadilla. Ayuntamiento 2
  • Estadilla. Ayuntamiento

 

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